Palabras

Jesús Armesto

Bach, el silencio, la creación cinematográfica. Notas

Me pregunto a veces por la atracción casi paralizante que produce la música de JS Bach sobre mi. Entro en su atmósfera instantáneamente. Creo que le pasa a todo el mundo, nadie tiene el antídoto. Escucho en estos momentos la suite número 2 en do menor tocada por Rondeau. Al margen de la interpretación y otros aspectos, la atmósfera me cautiva. Creo que siento una identificación plena con esta manera de sentir la existencia humana y sus motivos profundos, -que algunos sitúan en el cielo-. Yo no.
Por eso es para mi demasiado tentador, -por expresa naturalidad-, añadir su música en mis creaciones cinematográficas. 

Que he de redefinir. 

Creo que puede crearse desde la casi in-necesidad de materiales técnicos y utensilios variados. La tecnología se ha puesto de nuestra parte sin pretenderlo. De la parte de los que creemos en el concepto de mirada como la esencia cinematográfica.

Con la cámara, un par de lentes, el móvil, con utensilios de sonido más finos y pequeños, la experiencia de creación fílmica radica en la mirada y en el pensamiento y preparación intelectual y anímica. 

Y en esa soledad, entre el creador y lo que va a ser inmediatamente creado, aparece de nuevo Bach. La desnudez de la honestidad creativa no convoca a más invitados que a uno mismo ante la dimensión honda e irrefutable de sí.

Tras la obra de Bach, el silencio ha quedado redefinido. Preciso y más que nunca necesario ante la imprecisión del lenguaje. Adieu au langage. ¿Huyes?

Hoy voy a comprar una película de Chris Marker que vi ayer. Level Five. Voy hoy una película. La vi ayer en una librería aún existen aún resisten a convertirse en tiendas de ropa algunos tenemos esa herida algunos vimos caer el cine parís de barcelona lo cambiaron por una tienda de ropa y eso es algo peor que morir porque la muerte es la manera que tiene la vida de hacerse continua pero la desaparición de los cines de nuestras primeras capas de ciudad es el asesinato cruel del relevo el fin de una época y la interrupción no tan abrupta como quisiéramos pensar los románticos y amantes locos del cinematógrafo todo estaba anunciado la victoria de la era del espectáculo aunque quizás sin embargo no obstante siempre y cuando pero

El mestizaje: el flujo continuo

Ainu Group

Ainus de la isla de Hokkaido de Japón

Miro con familiaridad el paisaje de una montaña que ninguno de mis antepasados, ni yo, hemos visitado, pero imagino que inspiro hondamente bajo uno de sus árboles milenarios y puedo comprender la mirada indígena que habita en mi.

Hay quien piensa que en las comunidades indígenas sobreviven aún esencias de distintas purezas. La pureza de una tribu, de una raza humana ancestral, de genomas únicos, de culturas puras con sus manifestaciones etnológicas sin una aparente mixtura.
Esta manera de pensar yo la pongo en duda.

Incluso el oso que desciende sobre esa montaña de árboles milenarios, alimentados por la tierra negra volcánica, no me sugiere una sensación inédita.
Se lamenta uno de los últimos Ainus sobre el destino inminente de su etnia. Quizás queden los últimos 100 ainus puros. La pureza, su pureza, según él, -entendida como unas características únicas mantenidas a lo largo de siglos transgeneracionalmente-, muere.
Las tribus locales están siendo convocadas a una nueva mezcla universal vertiginosamente veloz: la tribu global.

La homogeneización es drástica, y a muchos, desde cierto romanticismo, nos resulta cruel, aunque nos consolamos en lo inevitable. Una pequeña isla al norte de Japón, aislada durante milenios, la isla de los ainus, ya forma parte de la red que inevitablemente nos ha unido a todos, acelarando el tempo del flujo continuo, acelarando que en las tiendas ainus contruidas con técnicas ancestrales, puras para ellos, suenen músicas de Brasil, o de barrios marginales de Manchester.

El conocimiento es el que genera la mezcla. De un modo natural, inevitable, el instinto humano, -aunque también se ha demostrado en diversas especies animales, como los gorriones-, es una esponja de conocimientos, que integra y hace suyo lo remoto, en una danza que parece no haber tenido inicio y no insinúa final.
No hay ser humano que no se sienta atraído por nuevos horizontes. Esa es nuestra inocencia.

Tenemos la misma facilidad para evolucionar desde nuestra hibridación continua, como la obstinación de negarla.

Los tiempos han escrito dentro de nosotros mismos, y es bello escuchar esas palabras. Poemas y canciones se escribirán con ellas, que en otros tiempos cantarán.

Historia de una fotografía. K3

barcelona.aragon

K3. ©Jesús Armesto

Esta foto comenzó a gestarse, sin saberlo, meses antes, cada vez que cruzaba por este paso de peatones y quedaba capturado por la belleza de su punto de fuga.

La luz en esta avenida de Barcelona, en las primeras horas de las tardes de invierno, refuerza el contraste de los trazos de los volúmenes y cuerpos, abriendo una escisión blanca del cielo sobre las sombras negras de la ciudad, creando así una cierta fantasía de trascendencia conceptual en este paisaje urbano.

Aquella tarde, un señor estaba preparándose en la acera para cruzar apresuradamente la avenida por un punto lejano al paso de peatones. Lo vi a lo lejos, y aceleré el paso para llegar a la mitad de la avenida antes que lo hiciera él. De repente estaba obsesionado por escribir el movimiento que un cuerpo anónimo podía escribir en aquel escenario.

Ciudadano anónimo en una tarde de invierno de Barcelona. K3.

El cielo cae triangularmente sobre él, señalándolo y ubicándolo en la mirada, reforzando, a la vez, su esencia anónima pero también su valor como ciudadano, como persona, como ser único e irrepetible. Es la paradoja que crean, con espontaneidad salvaje, las grandes ciudades, cuya asimilación continua siendo un reto para sus habitantes.

El silencio, como espacio del Encuentro

Alcanzado un silencio, que llega y ocurre repentino, contagiado, por el silencio de otros, -silencio compartido-, o por la vibración íntima de una obra artística, de modo que deja calladas la mirada, parte de la respiración, y desde luego el sonido y las voces interiores,

puede sentirse en ese instante una clara sensación de crecimiento.

A esa manera de crecer adentro la reconozco como Encuentro.

Reflejo mutuo, plenitud o consciencia, ejercicio del mirar y ser visto, del escuchar y ser dicho. Y a pesar de todo ello, me entusiasma que sea tan solo la preparación hacia un nuevo escalón, que aprecio a otra altura, con cierto idealismo, y desde luego aspiración,  que supone y viene dada en el Encuentro con el Otro:

estado de fraternidad que descubre la inocencia latente en todo ser humano, que algunos llamamos esperanza.

 

 

El imperio de lo efímero. ¿Vida después de twitter?

Me he vuelto a agobiar al tirar la bandeja de plástico en la que venía mi cena anoche. Es recurrente esta sensación de vértigo ante la idea, puede que no tan justificada como quisiera, pero real, de no estar sabiendo tratar a la vida propia y a la que pasa por mis manos, con el adecuado trato. 

En el mismo saco entra mi participación en las redes sociales. Hace años que tuve el primer impulso de borrar mi cuenta de twitter y facebook. Gente cercana me lo quitó de la cabeza por una cuestión práctica de visibilidad en el mercado, básicamente. Pero esta idea de fuga-liberación regresa de nuevo periódicamente. ¿Habría vida, hoy día, más allá de twitter o facebook? ¿Una nueva tierra prometida?

Mientras pienso en la respuesta, caigo en la cuenta de que mi cortex no ha retenido ninguno de los tuits que leí ayer, o de las fotos o mensajes en las que me etiquetaron, y que debo hacer un ejercicio de rescate si quiero traerlos de nuevo a la memoria. Y que problablemente los míos hayan tenido el mismo efecto en los demás, como gotas de agua que caen sobre una balsa de agua.  Hay una tendencia hacia lo efímero, y hacia un esfuerzo, a veces puede que desmedido, por fortalecer y crear una imagen de nosotros mismos hacia los demás, que no necesariamente coincide con nuestro ser. Y no sé si estoy preparado para ello. Qué permanece.

Decía Godard hace unos años, con la explosión de los sms, – hoy podríamos hablar de los whatsapp-, que su nombre era la abreviatura de su significado: Save My Soul. El miedo a un distanciamiento aún mayor de la gente cercana a mi vida, es lo que me hace aceptar el trato de la forma de vida, que en realidad, imponen estas apps. ¿Un plan B a la soledad?

Existe un punto medio, al que creo que todos estos impulsos periódicos de liberación me van conduciendo. Por un lado mi presencia en las redes ha disminuido muchísimo en los últimos 4 años. En mi teléfono no tengo instaladas las apps de facebook ni twitter, e intento pertenecer a los mínimos grupos de whatsapp posibles (reconozco que esta app, como las otras, está siempre al filo de desaparecer de mi pantalla). El sentido de llevar mi móvil en mi bolsillo es la fotografía, y es la única razón por la que continúo en instagram (el mal menor de las redes sociales), y con un smartphone. 

Hace muchos años que soñaba justo con llevar una cámara fotográfica en el bolsillo. Incluso la realidad ha mejorado aquel sueño, porque además podemos registrar tomas de video y de sonidos, lo que me lleva a presentir cada vez más, que pronto podré rodar un film utilizando sólo el móvil y algún complemento de audio. De hecho, acabo de hacerlo en el último documental. 

Lo mismo también se está imponiendo en otros aspectos de mi vida. Hablo de simplificación, sin que ello suponga superficialidad, sino todo lo contrario. Mi forma de vestir se está simplificando a ropa cada vez más cómoda y parecida en tonos y formas, y lo mismo ocurre en las habitaciones de mi apartamento. 

Observo que viene de la mano la emancipación de la vida del almacenamiento. Vivir con menos cosas, en menos realidades paralelas. Vivir cerca. Vivir con lo indispensable. 

El primer lugar donde tomó asiento todo esto fue en el cine, a la hora de tomar con las manos la cámara: Filmar lo indispensable. Con los medios y el presupuesto indispensable. Del modo más esencial posible, alejado del artificio y del trucaje. Bajo una concepción de la belleza centrada en lo que radicalmente es, y no puede disolverse ni desaparecer. (Ahí encuentro ese instante de emoción en la que vibra la verdad).

Y por qué no decirlo, ojalá esto fuese un haiku. 

Feminismo

Pintura de Filippa Edghill

Leo: o eres machista o eres feminista. 

Y estoy de acuerdo. 

Parece un duelo, uno más de esos muebles viejos que quedan en cada habitación de cada casa de este país, impregnados de una no disimulable pátina de humedad, que, la inspiras, y tu ropa también, y llegas a casa y eso olor te acompaña en los últimos alientos del día, nada va a cambiar, piensas, nada. 

Todo va a seguir siendo maniqueísta, la solución también. Falso. 

Un chorreón de vinagre sobre piel abierta, el feminismo retrata lo que queda fuera de sus márgenes, y provoca retorcimientos, tambores de guerra, gente que corre para estar a salvo de su propio disfraz. Fracasar no es un misterio a estas alturas de país, de estado, de debate del estado de la nación, de “reconquista”.

El feminismo retrata lo que queda fuera, la línea del fuera de campo. Alimento para las últimas hordas, para los últimos soldados de la patria no desvanecidos aún por el paso de los días, firmes, amparados por su propia eternidad, y ahora también, por sus aplausos en twitter. 

Ha llegado la hora de asumir la existencia de una resistencia a un sentido básico y matriz de igualdad. Pero, una derrota segura, – de dioses, hombres y espíritus santos, de líderes de la manada a cualquier altura del espíritu-, se consuma. Aparece como un alba elocuente e imperturbable, con esa propia luz de ese propio sol que acompaña las aguas renovadas del espíritu. Nosotros, a nuestra edad, debatimos, escribimos, nos convencemos, aprendemos, mejoramos, hacemos lo que podemos, sin embargo las niñas, los niños que vienen, como mi pequeña, llegan con una ajeneidad manifiesta hacia la desigualdad, son radiantes con ojos grandes, miran, preguntan, y puedes leer en el fondo de ellas de ellos que han trascendido el género. Al fin. 

De este combate hay que liberar al tiempo. 

Nantes, 30 de Diciembre, 2016

Dic. 30. 2016. Nantes
Suena una canción que habla de mí. No llego a comprender una palabra de lo que dice, me siento desnudo ante ella. Como mi silueta frente a un espejo. 

Termino el año en la ciudad que más dentro de mí llegó. Donde descubrí algo de mí que aún no he desvelado pero que presiento. Quizás una dimensión distinta de la libertad que abre la posibilidad para un nuevo lenguaje. 
Habito en una alcoba, con todo lo práctico resuelto. Es cálida, hay ducha caliente, una cocina que aún no he descubierto, un colchón agradable, un escritorio, y una ventana alargada que ofrece la vista a unos tejados interiores. Esta mañana se refugiaba una paloma. 
Alargo mis semanas sin contacto sexual alguno. Puro convencimiento. Eso me hace débil a veces. Como siempre. Agradezco mucho tener estos días aquí en Nantes, aún con este frío de cero grados y esta luz gélida, para rehacer mi propio puzzle. Concentrarme, mirarme. Tocarme.

Escuché con una mayor atención que la de un visitante a la chica que me ha atendido en la oficina de turismo. No hemos llegado a hablar una sola palabra que no fuese del funcionamiento de una visita en la ciudad. Pero he mirado sus ojos, su cuello, y el calor al que puede conducir su abrazo en una cálida alcoba. 
Después, en la bella librería Coiffard, me atendió una chica morena, mayor que la anterior, más interesante, con una belleza más personal. Me ha entendido, he encargado un libro para Pascale, de Saskia Sassen. Y he comprado otro de Giacometti: porqué soy escultor. Yo he leído rápidamente: porqué soy cineasta. 

Su explicación, también instantáneamente, ha sido mía: “una escultura no es un objeto, es una interrogación, una pregunta, una respuesta. Ella no puede ser ni finita ni perfecta.” 

Celebro encontrar estas coincidencias, me sosiegan, como esta distancia a todo lo conocido que ahora me proporciona este delicioso silencio. 
Quizás pueda estos días reflexionar sobre el uso de los adjetivos. O del contraplano. O de algo que lleva rondándome la cabeza desde que terminé el montaje de Las llaves de la memoria: el uso del montaje: prescindir en todo lo posible de montar varios planos por secuencia. Es cierto que tienen un uso necesario casi siempre: los he utilizado para ampliar la visión del espectador: creándole un paisaje de imágenes correlativas no superpuestas, como pasa con los sonidos y los paisajes sonoros: le ofrezco distintos matices de la información de una realidad. Ahora pienso en poner punto final a eso: encontrar otro camino. No es gratuito, lo siento, -de sentir, no de lamentar-. 

Pienso que me sentiría más a gusto con mi trabajo si pudiera llegar a ofrecerle al espectador todo en un mismo plano, sin cortes, ni varios mini cortes dentro de la escena. Pienso en la majestuosa escena de Notre Musique de Godard, cuando él mismo imparte una especie de taller a unos alumnos en Sarajevo. La escena está montada con varios cortes, no demasiados, que muestran con deliciosa elegancia y finura en la elección de los planos, los dos campos de la acción: el punto de vista desde Godard, el punto de vista -breve- de la protagonista en el público, y el punto de vista del espectador situado con habilidad entre las bancas de los alumnos (los interrogados por las preguntas de Godard: los incomodados). Es cierto que con un único plano se perdería toda la riqueza temática y cinematográfica que presenta, hasta el punto de que algunas de las cuestiones sugeridas al espectador exclusivamente por la posición de la cámara, se perderían. Cabe preguntarse qué se ganaría si esa escena fuese resuelta con un único plano, o mejor dicho, un único plano para cada una de las partes que integran la escena: inicio del pitch, contraescena de la niña en la escalera sobre el off, pitch sobre el plano contraplano. 

Me atrevería a sugerir la siguiente planificación, sin ánimo de corregir algo ejemplar:
Plano de Godar iniciando el pich

Plano de la niña en la escalera sobre el off

El off continúa sobre un travelling lateral de los alumnos (ese travelling no lo invento yo sino que lo reciclo de Godard, es uno de los mejores travelling que he visto en la historia del cine; da sentido a que se sigan utilizando: entra en la escena incomodándola repentinamente, a la vez subrayando un punto de vista y una posición (los alumnos, el público, la duda, el cuestionamiento, la escucha). 

Plano de Godard, habla de los contraplanos, más abierto desde el punto de vista de los alumnos: el espectador un alumno más. 

A su término, sobre silencio: planos detalle de las fotografías de las que ha hablado. (Aunque puede parecer que así pierda la fuerza pedagógica, al no mostrarse ni facilitarse en un plano detalle en el momento en el que son mostradas por él, el hecho de hacer este replay final, recobra la intención pedagógica, a la vez que las dota con la ayuda del silencio, de una trascendencia aún mayor). Para rematarlo es necesario:

Primer plano de la protagonista

Plano general de los alumnos.

En silencio.

Al final lo he resuelto con mucho más que un plano, pero es mucho lo que cuenta y dice en esos 5 minutos de film. Aún así: 7 planos en 5 minutos. Podría ser una opción. Quizás esta inquietud de reducir el número de cortes de plano responda a la búsqueda de dotar de una mayor trascendencia a la imagen. Pero esto es cosa mía.

Descarto para este caso la opción de la cámara flotante, como resolución en uno o menos planos de los planteados. Es verdad que esta opción atrae a los niños, y entonces también a los mayores, pero no me gusta. Confunde. No es precisa. Es una gran opción para la imprecisión, es decir para la acumulación cómica, da ritmo y casi superposición temática. Hay brillantes ejemplos en Berlanga o Bardem, por ejemplo. Me entusiasma la cámara que filma la escena, fija o en mano, pero estática desde un mismo lugar. Adoro esa personalidad. Me lleva a que el cineasta se ha planteado una reflexión que aun no se sabe si ha resuelto, pero que es contagioso. Volvemos a las palabras de Giacometti, que están por todos lados en Las llaves de la memoria: inducir la interrogación, la provocación de la duda: la posibilidad de la re-escritura de la certeza, personal o colectiva. Recuerdo que Godard y sobre todo Bresson también se referían a esto señalando que sus películas eran siempre una aproximación, un nuevo intento, nunca algo cerrado o perfecto. (No sería lógico plantearse lo contario. Quizás solo el ego no resuelto). 

Pasa un anciano. Muy anciano. Ya no tiene frío. Puede que se hayan levantado ya los cero grados, que los recibo bellos. Veo a los transeúntes pasar tras la amplia cristalera. Algunos llevan los tobillos desnudos. No puedo dejar de mirar esos tobillos cuando pasan delante de mi, desde un extremo a otro del cristal. También sigo en rápidas panorámicas de acompañamiento en primeros planos a rostros de varios colores y formas. Me entusiasman las ciudades con tantos colores en la piel. Ha pasado antes un hombre con sombrero, zapatos rojos Martins, pantalón acortado unos centímetros según la tendencia, calcetines, cazadora vaquera con piel de borreguito. Ha vuelto a pasar en este mismo instante en la otra dirección, pero ahora era una mujer. Ha mirado ligeramente de reojo. No me ha visto pero sí ha percibido que era mirada. Aprovecho para subirme algo más la cremallera de mi cazadora. Nantes mon amour. Estas músicas siguen hablando de mí. 

Tánger, 18 de abril, 2014

TÁNGER, 18 de abril, 2014

La cara sucia de los niños 

frente al mar antiguo de Hércules.

Como si no pasara nada, la pobreza

continua alargándose en los días,

en las semanas, en los años,

invadiendo generaciones. 

La pobreza corretea por los callejones 

de la kashba, con juventud y descaro,

adentrándose en el corazón de las manzanas

en la voz del panadero, en las pupilas

moribundas del cordero, en la pared mugrienta

en la que dibujan dos niños que aún no han

conocido el infinito de la sonrisa. 

 
Allá donde hay cien niños pobres hay uno rico.

Ricos y pobres, las dos auténticas 

naciones del mundo.

Allá donde la pobreza emana su denso olor

las aceras se cubren de los perfumes más suntuosos.

Todo extremo genera su anverso reflejo, su contraplano, 

su otro extremo.

2. El entretenimiento en la era espectacular. 

     —>  Vídeopoema: La era espectacular 

Encontramos hoy una palpable unanimidad en los productores españoles de cine en la apuesta por el entretenimiento. 

Una necia visión positivista de los beneficios del entretenimiento en los espectadores, que algunos de estos productores (y otros estamentos artísticos) asumen, también acompaña a esta tendencia, ayudando así a aplicar cierto maquillaje en la intención intrínseca que subyace: el objetivo último de la apuesta por el entretenimiento es meramente especulativo; una relación de inversión financiera. Una inversión cada vez menos arriesgada, al contar con el apoyo de toda la maquinaria de multinacionales, bancos, fondos de inversión y clases dirigentes. 

La sociedad de la era espectacular, como un horno de combustión, necesita mantener el ritmo de alimentación de su locomotora. El entretenimiento, instaurado como uno de los elementos base para el tiempo de ocio de la clase trabajadora, está siendo utilizado con gran vehemencia estratégica como sustituto de elementos culturales y artísticos. Incluso ya hemos alcanzado el extremo, que es tendencia en nuestros días, consistente en la vampirización del arte y la cultura a cargo de campañas de entretenimiento. 

Solo el Arte y la Cultura que hoy día buscan su financiación, para ser llevado a cabo, al margen de las férreas redes y canales creados por gobiernos, bancos y empresas, pueden alcanzar plenamente el propósito para el cual son creados. El Arte interrumpe la alienación colectiva. Aunque el poder que han descubierto las clases dirigentes en el hecho de ofrecer entretenimiento a las clases trabajadoras (contribuyentes: otorgadores de poder: clientes) es tal, que han pasado a controlar y crear eventos, exposiciones y movimientos artísticos, convirtiéndolos en meros acontecimientos de espectáculo. 

No hay una sola disciplina artística que hoy día, en el año 2016, esté a salvo de esta cancerización del Arte. En todas ellas, podemos apreciar una alarmante homogeneización de los lenguajes artísticos, incluso de los formatos y géneros. Lo diverso es una amenaza directa a la rueda del espectáculo, y por tanto queda sometido a escenarios residuales para públicos reducidos, por supuesto, al margen de las financiaciones oficiales, quedando lacerada la intención transformadora con la que el Arte nace. 

Para el espectáculo la evolución humana es una amenaza. Incluso lo humano, que no esté previamente estandarizado, también lo es. Una vez controlados y debidamente vampirizados el Arte y la Cultura, la siguiente etapa emergente que las clases dirigentes enfrentarán, será el humanismo. El negativo de la fotografía de las huellas de este movimiento, nos revela dónde puede aún habitar la resistencia. En ella descubrimos el valor de la empatía, que incluso liberada del conocimiento de la Cultura y de la actuación transformadora de las tribus artísticas, puede por sí misma establecer bases para la evolución, es decir, para el empoderamiento personal. 

La criptonita de la era espectacular: el empoderamiento. Quizás el sentido intrínseco e incluso inconsciente que habita en las habitaciones secretas y desconocidas del Arte. El que se transforma conquista su poder. Una cohabitación de personas empoderadas genera una inmediata soberanía colectiva, donde el diálogo, como herramienta para la puesta en común de la diferencia y lo diverso, interrumpe la lógica de poder ahora vigente, alentada por el entretenimiento (y su aliado, la ficción). 

Nunca como hoy, crear un cine transformador fue tan necesario y arriesgado. Además de enfrentar y vencer a lo aquí expuesto, debe afrontar la tendencia social contemporánea que el sistema de convivencia y de trabajo está imponiendo:  la pseudo-utilidad de la vida, el positivismo. Posición muy alejada de la propuesta última que el Arte, en todas las épocas de la humanidad, ha expuesto: ser. 

El Tiempo y el fracaso

  
La inmensidad del tiempo cae sobre mí. Tiene un desolador parentesco con el fracaso. Asumir cualquier certeza, comprenderla, llegar a entender algo próximo, incluso lejano, aprender, todas ellas traen una renovada paz. Al menos, durante un tiempo.