Nantes, 30 de Diciembre, 2016

Dic. 30. 2016. Nantes
Suena una canción que habla de mí. No llego a comprender una palabra de lo que dice, me siento desnudo ante ella. Como mi silueta frente a un espejo. 

Termino el año en la ciudad que más dentro de mí llegó. Donde descubrí algo de mí que aún no he desvelado pero que presiento. Quizás una dimensión distinta de la libertad que abre la posibilidad para un nuevo lenguaje. 
Habito en una alcoba, con todo lo práctico resuelto. Es cálida, hay ducha caliente, una cocina que aún no he descubierto, un colchón agradable, un escritorio, y una ventana alargada que ofrece la vista a unos tejados interiores. Esta mañana se refugiaba una paloma. 
Alargo mis semanas sin contacto sexual alguno. Puro convencimiento. Eso me hace débil a veces. Como siempre. Agradezco mucho tener estos días aquí en Nantes, aún con este frío de cero grados y esta luz gélida, para rehacer mi propio puzzle. Concentrarme, mirarme. Tocarme.

Escuché con una mayor atención que la de un visitante a la chica que me ha atendido en la oficina de turismo. No hemos llegado a hablar una sola palabra que no fuese del funcionamiento de una visita en la ciudad. Pero he mirado sus ojos, su cuello, y el calor al que puede conducir su abrazo en una cálida alcoba. 
Después, en la bella librería Coiffard, me atendió una chica morena, mayor que la anterior, más interesante, con una belleza más personal. Me ha entendido, he encargado un libro para Pascale, de Saskia Sassen. Y he comprado otro de Giacometti: porqué soy escultor. Yo he leído rápidamente: porqué soy cineasta. 

Su explicación, también instantáneamente, ha sido mía: “una escultura no es un objeto, es una interrogación, una pregunta, una respuesta. Ella no puede ser ni finita ni perfecta.” 

Celebro encontrar estas coincidencias, me sosiegan, como esta distancia a todo lo conocido que ahora me proporciona este delicioso silencio. 
Quizás pueda estos días reflexionar sobre el uso de los adjetivos. O del contraplano. O de algo que lleva rondándome la cabeza desde que terminé el montaje de Las llaves de la memoria: el uso del montaje: prescindir en todo lo posible de montar varios planos por secuencia. Es cierto que tienen un uso necesario casi siempre: los he utilizado para ampliar la visión del espectador: creándole un paisaje de imágenes correlativas no superpuestas, como pasa con los sonidos y los paisajes sonoros: le ofrezco distintos matices de la información de una realidad. Ahora pienso en poner punto final a eso: encontrar otro camino. No es gratuito, lo siento, -de sentir, no de lamentar-. 

Pienso que me sentiría más a gusto con mi trabajo si pudiera llegar a ofrecerle al espectador todo en un mismo plano, sin cortes, ni varios mini cortes dentro de la escena. Pienso en la majestuosa escena de Notre Musique de Godard, cuando él mismo imparte una especie de taller a unos alumnos en Sarajevo. La escena está montada con varios cortes, no demasiados, que muestran con deliciosa elegancia y finura en la elección de los planos, los dos campos de la acción: el punto de vista desde Godard, el punto de vista -breve- de la protagonista en el público, y el punto de vista del espectador situado con habilidad entre las bancas de los alumnos (los interrogados por las preguntas de Godard: los incomodados). Es cierto que con un único plano se perdería toda la riqueza temática y cinematográfica que presenta, hasta el punto de que algunas de las cuestiones sugeridas al espectador exclusivamente por la posición de la cámara, se perderían. Cabe preguntarse qué se ganaría si esa escena fuese resuelta con un único plano, o mejor dicho, un único plano para cada una de las partes que integran la escena: inicio del pitch, contraescena de la niña en la escalera sobre el off, pitch sobre el plano contraplano. 

Me atrevería a sugerir la siguiente planificación, sin ánimo de corregir algo ejemplar:
Plano de Godar iniciando el pich

Plano de la niña en la escalera sobre el off

El off continúa sobre un travelling lateral de los alumnos (ese travelling no lo invento yo sino que lo reciclo de Godard, es uno de los mejores travelling que he visto en la historia del cine; da sentido a que se sigan utilizando: entra en la escena incomodándola repentinamente, a la vez subrayando un punto de vista y una posición (los alumnos, el público, la duda, el cuestionamiento, la escucha). 

Plano de Godard, habla de los contraplanos, más abierto desde el punto de vista de los alumnos: el espectador un alumno más. 

A su término, sobre silencio: planos detalle de las fotografías de las que ha hablado. (Aunque puede parecer que así pierda la fuerza pedagógica, al no mostrarse ni facilitarse en un plano detalle en el momento en el que son mostradas por él, el hecho de hacer este replay final, recobra la intención pedagógica, a la vez que las dota con la ayuda del silencio, de una trascendencia aún mayor). Para rematarlo es necesario:

Primer plano de la protagonista

Plano general de los alumnos.

En silencio.

Al final lo he resuelto con mucho más que un plano, pero es mucho lo que cuenta y dice en esos 5 minutos de film. Aún así: 7 planos en 5 minutos. Podría ser una opción. Quizás esta inquietud de reducir el número de cortes de plano responda a la búsqueda de dotar de una mayor trascendencia a la imagen. Pero esto es cosa mía.

Descarto para este caso la opción de la cámara flotante, como resolución en uno o menos planos de los planteados. Es verdad que esta opción atrae a los niños, y entonces también a los mayores, pero no me gusta. Confunde. No es precisa. Es una gran opción para la imprecisión, es decir para la acumulación cómica, da ritmo y casi superposición temática. Hay brillantes ejemplos en Berlanga o Bardem, por ejemplo. Me entusiasma la cámara que filma la escena, fija o en mano, pero estática desde un mismo lugar. Adoro esa personalidad. Me lleva a que el cineasta se ha planteado una reflexión que aun no se sabe si ha resuelto, pero que es contagioso. Volvemos a las palabras de Giacometti, que están por todos lados en Las llaves de la memoria: inducir la interrogación, la provocación de la duda: la posibilidad de la re-escritura de la certeza, personal o colectiva. Recuerdo que Godard y sobre todo Bresson también se referían a esto señalando que sus películas eran siempre una aproximación, un nuevo intento, nunca algo cerrado o perfecto. (No sería lógico plantearse lo contario. Quizás solo el ego no resuelto). 

Pasa un anciano. Muy anciano. Ya no tiene frío. Puede que se hayan levantado ya los cero grados, que los recibo bellos. Veo a los transeúntes pasar tras la amplia cristalera. Algunos llevan los tobillos desnudos. No puedo dejar de mirar esos tobillos cuando pasan delante de mi, desde un extremo a otro del cristal. También sigo en rápidas panorámicas de acompañamiento en primeros planos a rostros de varios colores y formas. Me entusiasman las ciudades con tantos colores en la piel. Ha pasado antes un hombre con sombrero, zapatos rojos Martins, pantalón acortado unos centímetros según la tendencia, calcetines, cazadora vaquera con piel de borreguito. Ha vuelto a pasar en este mismo instante en la otra dirección, pero ahora era una mujer. Ha mirado ligeramente de reojo. No me ha visto pero sí ha percibido que era mirada. Aprovecho para subirme algo más la cremallera de mi cazadora. Nantes mon amour. Estas músicas siguen hablando de mí. 

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