La idea de Al Ándalus es un recurso de Paz

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Fotograma del documental LAS LLAVES DE LA MEMORIA
El autodenominado “estado islámico”, que no es ni un estado ni es islámico, (mejor llamarlo DAESH), está mostrando una gran capacidad para poner trampas, y nuestra “zona occidental” gran destreza para caer en ellas.

La última viene con anzuelo incluido.
Hablan de Al Ándalus como algo propio tras la “islamización de la península” a partir del siglo VIII, y como algo perdido o reconquistado por unas tropas “cristianas” en torno al XV.

A todos los que hemos crecido en este país nos resulta muy familiar el relato “histórico” en el que se basan los terroristas del DAESH para amedrentar con nuevas amenazas a España. (Que por otra parte no han cesado desde la participación española en la guerra de Irak).

No hubo invasión árabe en el 711, ni “islamización de la península”, ni hubo “reconquista”, y sí una conquista militar de unos aliados (variopintos) encabezados por Castilla, que no pueden tildarse de cristianos (fue usual en este proceso la participación de ejércitos musulmanes luchando en el bando castellano contra lo que podríamos llamar Al-Ándalus, -sin entender a ésta como una unidad-), y teniendo claro desde el primer momento que no se trataba de una cruzada religiosa (como se intenta hacer creer) sino de una operación militar como pueden ser hoy las de Siria, Irak o Sudán (recursos estratégicos, riquezas, acumulación de tierras y personas para señores feudales, hoy grandes empresas transnacionales). La religión es simplemente un pretexto que maquilla las causas, pero en ningún momento (como ocurre en la actualidad) un verdadero detonante.

Los que desde el desconocimiento o desde la mala leche (muchas veces coinciden) gritan eso de “ya los echamos una vez y los echaremos otra” y los de “vamos a reconquistar al-Ándalus”, quedan hermanados por la misma falsedad argumental histórica, generando una paradoja que no los libera de ser sospechosos de perversidad o ingenuidad (no siempre confluyentes).

Ambas partes obvian un periodo de convivencia (no idílica, pero estable y real) entre distintos, que caracterizó “lo andalusí”. La esencia base durante aproximadamente 8 siglos a lo largo de la zona sur de la Península, que a grandes rasgos puede coincidir (según etapas) con lo que es hoy Andalucía (gestando la base de la identidad cultural andaluza), se basaba en la coexistencia entre distintas religiones, distintas étnias, distintas culturas… quizás formando una sola, o quizás no, pero sí dando forma a una amalgama de confluencias de personas, que por sus características, internas o externas, eran muy distintas entre sí.

Justamente, lo que podríamos llamar al-Ándalus ocupa un lugar intermedio en esta cuerda que estiran unos y otros, conquistadores y reconquistadores eternos, que se adueñan de unos fundamentos históricos falsos para ejercer un control social a través de la opinión pública (que no es un invento nuevo que adquiriera poder tras Saramago: ¿ha existido herramienta más poderosa que crear y conducir las creencias de la población?)

Desde ese punto medio, la idea de al-Ándalus es un recurso de paz, que puede servirnos como puente para construir sociedades más integradoras donde los jóvenes de cualquier religión no tengan obstáculos para desarrollar sus propias identidades junto a nosotros, con nosotros, participando de las nuestras, y viceversa. La empatía no es un rasgo andalusí, sino humano; y es necesario, ya urgente, implementarlo en nuestras sociedades transversalmente.

La empatía no es un discurso vacío (como ya tuve la oportunidad de oírlo de boca de algunos de nuestros jóvenes políticos de moda) en la medida que la xenofobia, el racismo o el fascismo no lo son.

Por ello, al-Ándalus solo puede ser inspiración para nuestra sociedad actual, muy confundida entre pseudo-informaciones cruzadas, ya sean sobre la actualidad o sobre argumentos históricos sin rigor alguno, que alientan aún más la llama incesante del terror-miedo-odio. Un círculo vicioso que no conviene alimentar con ninguno de sus ingredientes y del que todos, políticos y ciudadanos, somos responsables.

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